En una gruta oscura y techada por húmedas estalactitas, una joven de cabellos oscuros solloza con los brazos y el rostro escondidos entre las piernas.
El sonido de su dolor llama la atención de la ninfa de la cueva, que sigilosamente se acerca a la muchacha procurando no asustarla.
De la melena negra afloran un par de grandes ojos verdes. Parecen dos guisantes recien pasados por agua.
-¿Que te ocurre?-pregunta la ninfa con interés-¿por qué lloras?.
- Porque estoy triste, triste y desolada.
- Eso ya lo veo, ¿pero a qué se debe?
- Quiero escribir un cuento lleno de fantasía y color y no logro encontrar ni las ideas, nis los personajes, ni las palabras adecuadas para ello. Tan sólo se escribir sobre lo terrenal, sobre lo que es de verdad, sobre cosas vacías de alegría.
Deseo escribir no sobre lugares, sino sobre escondites encantados que nadie pueda ver. No me interesan las personas, sino todas aquellas cosas que nunca existieron ni existirán, y que tan sólo yo daré vida con la tinta y la celulosa.
¿Por qué soy desdichada y no logro hacer florecer mi intelecto con estas hermosas historias que no tienen ni pies, ni cabeza, ni sentido alguno, pero que por eso mismo son llamativas para mí?.
¿Quizás tú, oh bella ninfa, podrías mostrarme la dirección que debo tomar para hallar el camino hacia la fantasía y la magia?
La ninfa se incorporó pensativa y tras un breve instante chasqueó los dedos de la mano izquierda, apareciendo y posándose sobre esta una pluma estilográfica.
Del mismo modo chasqueó los dedos de su mano derecha y un cuadernillo de pastas azules ocupó su lugar en ese lado.
- Los caminos no existen, los construyen quiénes tienen deseos de echar a andar.
Sin más, sonrío y desapareció entre las rocas moviendo velozmente sus alas y dejándole a la chica la pluma y el cuadernillo.
Esta siguió sus sanos impulsos innatos, y tras enjugar sus lágrimas movió a un lado las pastas, quitó la funda de la esbelta pluma y comenzó a escribir.
Tras unos minutos, la gruta comenzó a temblar como si se tratara del preludio de un terremoto. Nuestra lúcida amiga seguía absorta en su escritura como si no sucediese nada a su alrededor.
Las rocas comenzaron a resquebrajarse y de debajo de la caliza aparecieron grandes terrones de azúcar. El suelo de transformó en polvo y fue absorbido por una reluciente y rojiza capa de caramelo sólido.
Desde lo más alto de la cueva comenzaron a caer con fuerza cascadas de jugo de sandía formando un extenso y frutal lago.
Gatos de angora en colores rosa y verde pastel con alas de murciélago daban brincos y piruetas, y sus maullidos eran sustituidos por pompas de jabón.
En el lago apareció un pequeño y simpático velero de chocolate blanco dirigido por una tripulación de cucarachas flamencas del noroeste de europa que no hablaban ni gritaban en holandés, sino que interpretaban cantos líricos en un idioma nunca antes escuchado; fusión del italiano, el portugués y el sofisticado inglés británico. Iban ataviadas con trajes de lunares y zapatos de tacón al más puro estilo español.
La oscuridad fue sustituida por una luminosidad proporcionada por luces blancas y parpadeantes como si de unos focos de discoteca se tratara. No estaba muy claro de dónde provenían, pero poco importaba.
De pronto un inmenso trailer de 50 metros de longitud se adentró en la gruta…¡apenas cabía! Estaba conformado por diamantes, rubíes, amatistas y demás piedras preciosas que la imaginación de nuestra amiga pudiera añadir. Era conducido por un koala hiperactivo que no podía parar de contar chistes verdes y que no le gustaba bañarse los jueves después de la merienda.
Las puertas del trailer se abrieron solas y un centenar de margaritas besuconas con grandes labios y plantadas en sus macetas salieron dando vueltas como torbellinos. Creaban corrientes de aire que olían a jazmín y a chicle de menta y eucalipto.
Del techo y hacia el suelo, comenzaron a descender lianas de nudos de seda china y poliester, y un ejército de bollicaos integrales rellenos de vocales comenzaron a descender y a poblar la renovada y alocada gruta. Los panecillos comenzaron a expulsar las letras al exterior. Su objetivo era formar palabras pero ¡oh! faltaban las consonantes.
Del lago de sandía surgió un afluente de té de canela. A su vez, de este riachuelo, salieron a la superficie unos extraños seres que no eran parecidos ni a las estatuas griegas, ni a los duendes, ni al vecino del tercero ni a los peces voladores con escamas doradas, pero sí que sabían hablar en latín, vestían ajustados monos, no paraban de fumar cigarillos con aroma a arroz con leche y les encantaba mover sus aletas.
Pero por lo que realmente eran importantes estos peculiares seres, era porque poseían la capacidad de emitir con sus largas trompas paquidermas las consonantes que tanto necesitaban los dietéticos bollos. Por este motivo, y no porque fueran campeones del mundo en saltar a la comba, fueron valorados por todos los allí presentes. A partir de aquí, se juntaron las letras y surgieron las palabras.
Palabras de las que empezaron a crecer amapolas. Algunas reían, otras filosofaban, pero la mayoría de ellas eran tímidas y optaban por deleitarse con los cánticos de los insectos naúticos o las acrobacias felinas.
Finalmente, la banda de indígenas de las junglas de Urano ocuparon su lugar después de entrar por el mismo sitio desde el cual lo había hecho el lujoso camión, y con sus trompetas de licor, flautas andinas, tambores de fieltro, platillos de algodón y violines elásticos pero con cuerdas de cristal, entonaron el himno nacional del país de los que sobreviven sin saber lo que es visualizar una película doblada a ese idioma antiguo que ya todo el mundo ha olvidado pero que aún sigue en nuestros corazones de gelatina de manzana.
De pronto, las nueve menos veinte horas sonaron en el reloj de la cueva y todos sintieron la imperiosa necesidad de ir a ver el telediario de las causas perdidas a medias. Así que todos fueron desapareciendo en el mismo y estricto orden en el que habían aparecido, y las rocas se dieron las buenas noches antes de cerrar los ojos.
La oscuridad volvió a poblar el lugar. Ella cerró su cuadernillo satisfecha, pero con ganas de seguir un poco más. Total, el día que empezaba era festivo y podía permitirse trasnochar.
Además, la ninfa aún no había venido a indicarle que era la hora de cerrar la gruta, por eso volvió a abrir rápidamente el fino baúl en el cual depositaría sus nuevas historias y prosiguió escribiendo.
Una guitarra eléctrica de plástico transparente y sonrisa seductora se sentó a su lado dejando un tablero de ajedrez con piezas de goma de borrar (había que tener especial cuidado con las blancas pues eran unas tramposas y siempre borraban las jugadas de sus apagadas y despistadas contrincantes).
-¿Jugamos?-dijo la guitarra con una melodía felizmente acorcheada.
- Sí, aunque debes saber que yo soy realmente buena en esto del parchís- respondío echando su lisa melena hacia atrás para evitar que le entorpeciera la visión, y poder seguir creando caminos eternamente con su pluma.